Hay un instante, cada pocos segundos, exactamente los mismos segundos cada noche desde hace siglo y medio, en que la oscuridad de la costa se rompe y vuelve a cerrarse. Los marinos lo llaman «característica»: la firma luminosa que distingue a cada faro de todos los demás, un código que solo se repite a sí mismo, destello tras destello, hasta el amanecer. Cada torre late a su propio ritmo. Y esta noche, si sigue usted leyendo, ese pulso va a ser su nana.

Farero por una noche
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